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Silencio, el cine habla

 

El 6 de octubre de 1927 los hermanos Warner estrenaban El cantor de jazz (The Jazz Singer, Aland Crosland, 1927) en el Warner Theatre de Nueva York. Era  la primera película donde los actores hablaban en la pantalla. El film batió records de audiencia en todo el mundo.

Inicialmente los otros estudios creyeron que esto del cine sonoro seria pasajero, pero después no tuvieron más remedio que realizar una rápida y costosa inversión en nuevas instalaciones, tanto en los estudios de grabación como en los cines. El público deseaba escuchar en la pantalla a sus actores preferidos y lo quería ya.

El número de salas y espectadores aumentó en todo el mundo y las recaudaciones fueron aun mayores. El cine sonoro era imparable y causo una revolución, en la técnica cinematográfica y en el star system. Desaparecieron las estrellas con voces poco atractivas, se contrataban a más escritores y autores teatrales, se sustituyeron a los directores de cine por directores de teatro y los técnicos de sonido se hicieron multimillonarios.

La aparición del cine sonoro fue un logro técnico en detrimento del artístico. El sonido cinematográfico arruino a la imagen artística del cine mudo. Lo dice Román Gubern en su “Historia del cine”:

 “La implantación del sonoro duplicó en poco tiempo el número de espectadores cinematográficos e introdujo cambios revolucionarios en la técnica y la expresión cinematográfica. Los cambios, al principio, fueron negativos. Encerrada en pesados blindajes insonoros, la cámara retrocedió al anquilosamiento e inmovilidad del protohistórico teatro filmado; además, el ritmo de sus encuadres fijos, como las viejas estampitas de Mélies, vio su fluir bruscamente frenado por su sujeción a interminables canciones o diálogos. Los  productores, atacando la línea de menor resistencia del público, convirtieron el cine en una curiosidad para papanatas, anunciando muy ufanos sus películas cien por cien habladas en donde las voces y los ruidos esclavizaban a la imagen, convertida en insípida ilustración gráfica de los dictados del gramófono”, más adelante comenta, “abrumados por aquella ruidosa avalancha que hacía tábula rasa del complejo y rico lenguaje visual elaborado trabajosamente por el arte mudo, los artistas más responsables declararon de modo inequívoco su hostilidad hacia lo que ellos llamaban sonido en conserva. Chaplin, por ejemplo, declarando que los talkies habían asesinado el arte más antiguo del mundo, el arte de la pantomima, afirmo solemnemente que jamás haría una película sonora y que si la hacía, interpretaría en ella el papel de un sordomudo. De hecho, Chaplin mantuvo firmemente sus principios hasta 1940, cuando realizó El Gran Dictador (The Great Dictator)”.

Rene Clair afirmó: “El cine hablado no es lo que nos asusta, sino el deplorable uso que nuestros industriales van a hacer de él”. Hitchock por su parte decía: “Hablar es el motor esencial de una obra teatral, pero sólo es una ayuda en una película”, como demostró en su primera película hablada La muchacha de Londres (Blackmail, 1929)

Irving Thalber declaraba por una parte que “el sonoro era simplemente un elemento técnico complementario y que nunca sustituiría al mudo”, pero al mismo tiempo trabajaba intensamente con su cuñado Douglas Shearer, un experto en sonido, en el nuevo invento del sonido.

Que tenia de malicioso el sonido que hiciera surgir tanta controversia?.

Existen varios motivos, uno de ellos era la inmovilidad. Está claro que los actores tenían que actuar muy cerca del micrófono y este no podía moverse ni verse. La planificación de las escenas tenía que estar supeditada forzosamente a las exigencias técnicas de la inmovilidad sonora. Por eso se sustituyeron los directores de cine por los de teatro, más acostumbrados a dirigir a los actores en un espacio reducido. Los micrófonos se ocultaban por todas partes y se obligaba a los actores a dirigir la boca hacia ellos. Por supuesto, las interpretaciones de los actores eran muy poco naturales, este era el motivo que Chaplin alegaba acerca del asesinato de la pantomima.

Otro detalle técnico del que no he encontrado suficiente información es la velocidad de las imágenes. Existe la creencia de que las películas se realizan a 24 fps (frames por segundo) porque es la velocidad adecuada para la persistencia de la visión humana. Esto no es cierto, la velocidad de 24 fps la impuso precisamente el sonoro, fue el audio y no la imagen quien obligó a grabar y a proyectar en 24fps.

Inicialmente la velocidad de grabación era muy variable, por ejemplo Thomas Edison recomendaba una velocidad de 46 fps, pero se puede decir que el formato mayoritario era de 16 fps, aunque en un mismo film se gravaba a diferente velocidad según la acción y la iluminación de la escena. La velocidad de la proyección era importante, la cinta de nitrato era altamente inflamable y si una parte de ella permanecía demasiado tiempo en contacto con el calor de la luz del arco luminoso se incendiaba.

La técnica del sonido imponía una velocidad igual de grabación y de proyección sino la voz se vería alterada. La imagen no acusa tanto las diferencias de velocidad entre grabación y proyección pero el audio sí. Los defectos de velocidad que observamos en las películas mudas no es debido a una mala calidad (aparte del paso del tiempo claro) sino que se proyectan a una velocidad distinta a la de grabación.

Pues bien, con la llegada del sonoro se impuso la velocidad fija de 24 fps para conseguir una buena calidad sonora. Esto requería más cinta y más iluminación, puesto que al filmar, la película permanecía menos tiempo expuesta a la luz se requería una iluminación mucho más potente y provocaba más molestias a los actores por el aumento del calor.

Todos estos procedimientos técnicos al principio provocaron una inmovilización casi total de los movimientos de la cámara, para evitar molestos ruidos. Todos los movimientos de la cámara tenían que ser supervisados por los técnicos de sonido, el travelling era impensable, hasta que William Wyler se reveló y consiguió convencerles de que los travellings no producirían ningún ruido. Sus declaraciones del rodaje del western Santos del Infierno (Hell’s Heroes, 1930), rodada en el desierto de Mojave y en el Panamint Valley cerca del Valle de los Muertos comentan la experiencia del sonido:

 “La limitación principal era que la cámara tenía que ocultarse en un gran habitáculo forrado a prueba de ruidos que, naturalmente, albergaba también al cameraman George Robinson. Después, la historia trataba de tres hombres que huían buscando su salvación y tenían que estar siempre en movimiento. Yo no podía detenerles para que me recitasen sus diálogos. Eran tres fugitivos huyendo pero tenían que filmarse escenas habladas. Lógicamente, tuvimos que forrar las vías por las que se deslizaba la cámara, mientras se ocultaban los micrófonos dentro de cactus o matorrales. En una ocasión, cuando abrimos la puerta, el cameraman se había desmayado por el altísimo calor de la cabina”


1 Response to “Silencio, el cine habla”


  1. octubre 5, 2010 a las 2:58 pm

    i see what you did there


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